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Desde los años 70, en el informe “Aprender a ser”, se llegó a la conclusión que la educación centrada en el profesor que dicta clases con estudiantes pasivos y que repiten información no era suficiente ni necesaria en un mundo cambiante (UNESCO, 1973).

Casi cinco décadas después, podría vislumbrarse un proceso de aprendizaje integral donde se complementen las necesidades del estudiante, del docente, contextuales y, por supuesto, todas las condiciones para desarrollar personas integrales; tomando como mínimo cubrir las necesidades básicas que nos plantea Maslow a través de su pirámide (1968).

Sin embargo, el panorama es otro, ya que la educación sigue estando plagada de contenidos obsoletos, desvinculación entre teoría y práctica, un rigor excesivo en la memorización mecánica de contenidos, poca relevancia en la formación de valores, dispersión entre la planificación didáctica, el proceso de aprendizaje y la evaluación de resultados; descontextualización del docente ante las nuevas tecnologías versus inmersión completa (formativa o degenerativa) de los estudiantes, carencia de una práctica reflexiva, entre otros.

Parece ser un panorama sombrío, aunque debe reconocerse que son generalidades de todo un sistema educativo, sin enfatizar un nivel educativo en especial. No obstante existe vocación por cambiar esta realidad, entidades nacionales e internacionales que abogan por otra educación y modelos educativos que enfatizan otro tipo de formación: la basada en competencias, por ejemplo. Indudablemente, descartando la definición que se planteó en el ámbito laboral de los años noventa.

“Las competencias surgieron en el campo laboral, durante la década de los años setenta y ochenta, a partir de las demandas de las empresas de formar personas con destrezas para el mercado de trabajo, lo cual se convirtió en una política internacional en la década de los años noventa, a partir de la generación de políticas educativas en entidades tales como la UNESCO, Banco Mundial y el Banco interamericano de Desarrollo, entre otros”. (Tobón y Mucharraz, 2010, p.36).

Aldana (2014) plantea que “El docente del siglo XXI debe ser una persona comprometida con la vida en general, pero con conocimientos pedagógicos que le permiten descubrir la importancia de su propia tarea en la transformación de la realidad.

En otras palabras, hablamos de una dimensión ética y pedagógica que lleva a una afectividad sana en el ejercicio docente.

Solo se aprende verdaderamente aquello que toca fuertemente nuestras íntimas visiones y nuestra emocionalidad; que tiene sentido para nuestro ser y nuestra vida o la del entorno.

Por eso la educación basada solo en procesos instructivos termina sin lograr aprendizajes, porque todo se hace mecánica y memorísticamente, sin que tenga sentido o significado para quien se supone está aprendiendo. Transformar mi realidad como docente repercute en la trasformación de los estudiantes […]”

La definición de competencia en el ámbito educativo actualmente es mucho más amplia y enriquecedora. Podría definirse como, la activación de saberes (ser, hacer, conocer y convivir), a través de una interacción educativa, con la finalidad de desarrollar personas integrales.

Promover una formación integral en nuestros días tendría que ser la tarea fundamental de todo proceso de aprendizaje. Buscar la plenitud del ser humano en cualquier contexto de su vida será la tarea. Este tendría que ser un objetivo en el ámbito académico, a pesar de lo desconcertante que puede ser el entorno donde se encuentran los procesos educativos. Esto solo lo puede lograr el docente, quien es el que transforma su realidad en una educación formal, informal o no formal.

Este proceso de formación pretende minimizar o eliminar deficiencias de un sistema educativo tradicional, que se vinieron permeando en el tiempo. Aunque, debe reconocerse que la formación en competencias es la suma de los diferentes enfoques educativos que se han desarrollado hasta nuestros días, descartando muchas de las deficiencias mencionadas con anterioridad.

“Todo lo que usted planifique, ejecute y evalúe, tiene que basarse en el gozo de aprender. Es decir, tiene que tomarse el tiempo y la reflexión necesaria para encontrar y descubrir aquellos recursos materiales e inmateriales que ayuden a crear el clima de alegría, espontaneidad y gozo pleno”. (Aldana, C. 2016)

Mi énfasis no está en recomendar un modelo educativo basado en competencias, sino en responder a la interrogante: ¿Cómo generar el desarrollo de una integralidad (plenitud de vida) tanto de educadores como de educandos?